HÁBITOS ALIMENTARIOS

Los hábitos alimentarios se pueden describir como patrones rutinarios de consumo alimentario. Son tendencias a elegir y consumir unos determinados alimentos y a excluir otros. Comprende un conjunto de habilidades que desempeñan el papel de mecanismos de decisión los cuales organizan y orientan la conducta ordinaria y por consiguiente nuestro comportamiento alimentario: lo que comemos y el modo como lo comemos, es decir, el consumo cotidiano de alimentos. En este ámbito han sido definidos como "línea de conducta por la que se seleccionan, utilizan y consumen el conjunto de productos alimenticios presentes en las dietas consumidas por un grupo de población" (Bello Gutiérrez 2005: 5). Son la base de un tipo de comportamiento alimentario en el que se combinan creativamente los rasgos genéticos y culturales, un modo de comportamiento en el que convergen los motivos biológicos, sociales y afectivos en una síntesis unitaria. Engloban un conjunto de reglas de conducta de carácter rutinario que rigen el comportamiento alimentario y cuyo conocimiento nos ayuda a entender qué comemos y por qué comemos lo que comemos.

Una de las características fundamentales de los hábitos alimentarios es su estabilidad, es decir, su resistencia al cambio. La mayoría de los hábitos alimentarios del adulto son costumbres que se han formado muchos años antes, motivo por el que son difíciles de cambiar. Está demostrado que aunque se produzcan cambios en las actitudes e intenciones no por ello se cambian. La resistencia es más fuerte en las sociedades opulentas de Occidente, en las que se exalta la autonomía y la libertad individual. Los conceptos de independencia y autonomía personal inexorablemente están unidos al de actividades de la vida diaria. Pero los hábitos alimentarios no son inmutables ya que son también esquemas de comportamiento modificables, abiertos al cambio a través de todas las potencialidades que ofrece la vida cotidiana. El contexto social es determinante en la medida que puede desencadenar una evolución notable en los hábitos alimentarios de los ciudadanos (Delormier et alii 2009: 218; Sebastián 2009: 285). Pues bien, para conjugar la dimensión individual y social en la comprensión del cambio que se esta produciendo en los hábitos alimentarios nos serviremos de la categoría de estilo de vida. Orienta las prácticas cotidianas en diferentes esferas de la vida entre las que cabe destacar la del consumo. En este ámbito genera un orden simbólico que vehicula las decisiones de las personas en la elección, compra y consumo de bienes. En el consumo de alimentos es una categoría fértil porque permite articular la esfera pública y la privada, entender como las personas dentro de los cauces que le ofrece la sociedad mantienen su propia identidad en su conducta alimentaria. Ello es válido en la sociedad moderna que se caracteriza por una tendencia a la individualización en las decisiones sobre lo que se come posibilitada por la capacidad de adquirir y también elegir entre la cantidad de alimentos disponibles y, en consecuencia, la posibilidad de tomar decisiones de acuerdo con el propio estilo de vida (Simmel 2001: 147; Douglas e Isherwood 1979: 38; Featherstone: 2000, 142; Contreras y Gracia 2008: 186).

El estilo de vida se puede describir como una serie de pautas de conducta seguidas por un grupo razonable de personas que coinciden en su forma de vivir, gastar su dinero, emplear su tiempo libre, etc. Es un modo de vida basado en un conjunto específico de patrones de comportamiento que estructuran la organización temporal, el sistema social de relaciones y las pautas de consumo de un grupo distintivo de individuos. Refiere a un modo de ser personal basado y propiciado por un entorno sociocultural concreto en constante proceso de transformación originado por la acción consciente de los miembros que lo integran. La estructura de un estilo de vida se resuelve en un conjunto de prácticas, hábitos, valores, actitudes, tendencias, consumos, formas vitales, etc. Se puede describir como una forma original individualizada en el modo como cada persona vive la vida cotidiana, la específica manera acatar las normas de su grupo, clase y sociedad global a la que pertenecen. Ha sido definido como "un conjunto de prácticas mas o menos integrado que un individuo adopta no solo porque satisfacen necesidades utilitarias, sino porque dan forma material a una crónica concreta de la identidad del yo" (Giddens 1991: 81; Ruiz 1994: 200; Rodríguez y Agulló 1999: 250; Chaney 2003: 147; Soldevilla 2009: 20). Es un modo de conducta unitario en la medida que relaciona los deseos y las opciones en un modelo más o menos ordenado. Posee la capacidad de estructurar y organizar en gran parte la actividad cotidiana de los miembros de un grupo social. Es una especie de norma aceptada por el grupo pero siempre interpretada por el sujeto que permite, prohíbe o estimula el consumo de ciertos bienes y servicios. Los estilos de vida son formas pautadas de investir de valor social y simbólico a ciertos aspectos de la vida diaria, y que duda cabe que entre esos aspectos hay que incluir la comida. Posee muchos estratos y múltiples expresiones entre las que cabe destacar la elección y consumo de alimentos que realizan las personas. La comida es una parte importante del estilo de vida y por consiguiente una categoría que también permite entender y anticipar la conducta alimentaria. Influye de manera directa en la forma de comer, en lo que se come y en el significado que tiene la comida (Holzman 2006: 371; Reid et alii 2001: 61; Mardomingo 2000: 103). Es fértil, por tanto, estudiar los nuevos estilos de vida como guía para comprender los hábitos alimentarios actuales y, sobre todo, para poder detectar los cambios que se están produciendo en los gustos y preferencias alimentarias.

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