INTRODUCCIÓN

El envejecimiento poblacional es un triunfo de la sociedad actual, hecho que refleja la mejora de la salud y la mayor esperanza de vida, aunque también plantea desafíos importantes para el futuro(1).

La población anciana es nutricionalmente vulnerable y una gran parte padece malnutrición o está en riesgo de malnutrición(2).

El estado nutricional de esta población es el resultado de una serie de factores que lo condicionan. Entre ellos destacan la dieta mantenida a lo largo de los años, el proceso fisiológico del envejecimiento, las alteraciones metabólicas, estados de morbilidad tanto crónicos como agudos, la toma de fármacos, el deterioro de la capacidad funcional y las situaciones psicosociales y económicas que mantienen a lo largo de la vida(3).

La malnutrición está catalogada como uno de los grandes síndromes geriátricos que acontecen en las personas mayores. Es un proceso patológico complejo, frecuente y con consecuencias muy negativas para la salud y la calidad de vida de la población(1,3,4).

Este síndrome, produce alteraciones del estado inmunitario, agravación de procesos infecciosos, complicaciones de las patologías sufridas y, en general, un aumento de la morbimortalidad, convirtiéndose en un problema de salud pública mundial con un gran coste personal, social y sanitario(1,3).

Muchos de los problemas nutricionales que encontramos en este colectivo tan vulnerable, podrían ser solucionados mediante una adecuada y temprana valoración nutricional. En un primer paso, se deben identificar y cuantificar tanto las causas como las consecuencias de la malnutrición, con el fin de establecer el tratamiento nutricional más idóneo (4).

Algunos países han establecido planes estratégicos para luchar contra la desnutrición, desarrollando e implantando guías obligatorias en todos los niveles de la atención sanitaria, desde los centros de salud hasta los hospitales, sin olvidar los centros geriátricos(3).

En España, existe un importante vacío en el conocimiento del estado nutricional de los adultos mayores no institucionalizados, aunque no existen medidas de actuación al respecto (2).

En los últimos años, ha aumentado el número de estudios en personas de edad, sin embargo son escasos los realizados en ancianos de vida independiente no institucionalizados (1), posiblemente debido, a la dificultad de acceso y recogida de datos de esta población. Sin embargo, los adultos mayores autónomos no institucionalizados, aunque sean aparentemente sanos, tienen un elevado riesgo de malnutrición que puede pasar desapercibido (2).

La elaboración de protocolos basados en estrategias de detección precoz de riesgo nutricional, como es el Mini Nutritional Assessment (MNA) recomendado para la valoración geriátrica rutinaria por la Sociedad Europea de Nutrición Clínica y Metabolismo (5), ayudaría a la identificación de factores asociados a los problemas nutricionales, favorecería el mantenimiento de una buena salud durante el envejecimiento y se disminuirían las consecuencias socio-sanitarias.

Es evidente la necesidad de controlar regularmente el estado nutricional de las personas mayores para establecer estrategias de prevención del riesgo nutricional y promover y mejorar la calidad de vida del anciano. Por ello, el objetivo planteado en este trabajo fue determinar la prevalencia de malnutrición y riesgo de malnutrición y su relación con variables de la situación social, el número de patologías diagnosticadas y la comorbilidad de una población anciana de más de 75 años de edad, no institucionalizada y con autonomía funcional.

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